De la preservación de una memoria líquida

Porque finalmente toda obra expresa un universo íntimo, profundo de su creador. Porque, como Pedro Meyer, a veces fotografiamos para recordar. Porque la memoria es fragmentaria y discontinua. Porque la modernidad es absolutamente líquida e inasible, aquí el congelamiento de un breve instante, que no volverá jamás; ante cuya certeza, huyo espantado a crear, para preservar, y expresar.

Fotografía Líquida

Introducción

La historia de la humanidad es la historia de la invención, es la historia de la imaginación. El Tao se fundamenta en el libro «Tao Te Ching» que escribió Lao Tsé; en él hay muchas frases profundas, frases dicotómicas como la vida misma y frases contundentes. De allí extraemos que «la flexibilidad está asociada a la vida, como la rigidez a la muerte». Ahora bien, toda invención es la flexibilización de los paradigmas; algunas invenciones estiran tanto los paradigmas que los destruyen para cimentar otros nuevos. La imaginación del hombre es la que ha permitido todas las invenciones: toda creación primero habitó en la mente de su o sus creadores, luego se hizo tangible, observable, admirable.

En el caso de Lao Tsé, según parece, no es la excepción. Según historiadores e investigadores, afanados por la verdad detrás de todas las cosas, el «Tao Te Ching» es un libro que compila refranes escritas por muchos hombres y que, en realidad, Lao Tsé nunca existió, siquiera. Es decir, primero fue la imaginación –la de muchos– y luego la realización.

Luego están Hércules Florence, Joseph Nicéphore Niépce, William Fox-Talbot, Hippolythe Bayard y hasta Louis Daguerre. Ellos soñaron algo, incluso al mismo tiempo, y luego lo crearon o dijeron que lo crearon o no dijeron nada. Pero ahí está ese invento hoy, inundándolo todo. Quién puede afirmar hoy en día que la fotografía no es el invento que ha impactado más en el desarrollo de la vida moderna. ¿Quién? Algunos afirmarán que fue la pólvora, o la potencia energética de los hidrocarburos; no faltará el olvidadizo que diga que es el cine el invento que más ha impactado en el devenir de nuestra contemporaneidad. Y a ese apurado le diría ¿no es acaso el cine el hijo popular de la fotografía? ¿no es acaso el cine, fotografías en movimiento?.

La historia del pensamiento devino en usar palabras para designar las cosas que veíamos, y así grandísima parte de nuestra evolución giró en torno al pensamiento de conceptos. Ahora, sin embargo, ¿no pensamos todos en función de imágenes? De imágenes fotográficas, además.

Y la fotografía misma ha tenido toda su historia, toda su evolución en torno a su estructura, a su técnica, su lenguaje, sus motivos, su construcción, y claro, a su ontología; a la razón misma de su ser. He allí que hoy, en 2016, la fotografía cuente con grandes y prominentes lingüistas, semiólogos, creadores, tecnólogos y filósofos, por supuesto. Tanto como con grandes difamadores y estafadores, grandes prostitutas y grandísimos mercaderes. La fotografía, como vemos, ha seguido el camino natural de las evoluciones humanas.

«Al principio fue el verbo» [creador], luego las cosas mismas. En fotografía, dijo Cartier-Bresson, «al principio fue la geometría», es decir, la forma; luego el fondo, supondría uno. Y sí, de esas geometrías salieron los Ansel Adams y los Weston, los sistemas de zonas como los manuales de laboratorio, desde el revelado hasta el copiado, pasando por los tratados esteticistas, sin duda alguna. ¿Y el fondo? El fondo también estuvo allí, por supuesto. Pero si la técnica, la forma, evolucionó desde 1839 –o 1825– es realmente en cuanto al fondo, a la sustancia, al alma de la fotografía donde el crecimiento ha sido más profundo, más grande. Hablo de la fotografía en su elemento ontológico, en su ser.

Y ya superado ese estrépito y ese asombro que en los 1800 causaba la exactitud de la fotografía como representación de la realidad, como segmentación de la vida misma, ¿en dónde estamos ahora, en 2016? Parece que hay millones de voces negando el vértigo de la vida actual, y peor aún, negándose a que tal vértigo se ve reflejado en la evolución de toda invención y de casi toda creación contemporánea. La fotografía, claro, no escapa a tal vértigo; a la velocidad 4G de nuestros días.

Más allá de los necios que siguen procesando información en sus cerebros 486 y que se empeñan en detener el tiempo, literalmente, existen miles de voces creando, imaginando realidades y haciéndolas visibles usando la fotografía, sí, pero de otros modos. Son fotógrafos taoístas, en el sentido de Lao Tsé: inventando y flexibilizando paradigmas, rompiéndolos; estableciendo nuevos paradigmas, ergo: nuevas concepciones.

Es entonces cuando estamos frente a una «fotografía líquida», inmaterial, atemporal, con un espectro más amplio en su fragmentación; una fotografía sensorial, de experiencias comunicativas más profundas. Son las voces milenials, acaso. Uno no sabe si por estar rodeados de tanta nadería o de tanta tecnología, si por estar hyperestimulados, si por haber sido criados por el televisor, y educados por el internet. Uno no sabe muy bien por qué, pero allí están esas mentes inquietas, creando, evolucionando la fotografía y el alma humana misma.

La fotografía líquida entonces, se nos antoja inasible en su esencia, quizá por estar más cerca de las ideas que de la materialidad humana. Es allí donde entran los GIF’s, los experimentos con el código visual, las audiofotos, las nuevas narrativas fotográficas –al estilo de lo que los franceses llaman film photographique o los mexicanos, herederos de Pedro Meyer, fotonarrativa–, los video-retratos (entendiendo que el video es, repetimos, fotografía en movimiento), las fotos 3D, y otros medios expresivos que ya conoceremos; sin hablar de los juguetes, de la tecnología y las ya existentes cámaras como la Lytro Illum, que permiten elegir, después de haber realizado la toma, en dónde quieres el enfoque.

Porque claro, la realidad virtual, viene o ya está por ahí: y viene con toda su liquidez a empapar las resecas paredes blancas de los renuentes. La historia de la contemporaneidad es la historia de la flexibilidad y de la rapidez, de la atención volátil. La historia de la imaginación, actualmente, está cimentada sobre lo que el maestro Wilson Prada llama la bitgrafía. ¿Qué dirá la historia de nosotros, que estamos acá y ahora, en medio de este maremoto que es la fotografía líquida?